Venezuela en tiempos de Chávez

Texto y fotos de Javier Otaola

Primero vino Bolívar,
después vino Chávez,
y después de Chávez…
¡¡¡Chávez!!! [1] .

Caraballeda, Edo. Vargas. En la estancia de una casa convertida en sede del partido Movimiento Quinta República (MVR) se encuentran reunidas cerca de 50 personas. Discuten qué harán durante el Referendo Revocatorio (RR). Los rumores van y vienen: alguien dice que cortarán la luz y el agua como lo hicieron durante el golpe de 2002, otro escuchó que algunos grupos de la oposición saldrán a incitar a la violencia y a amedrentar a quienes estén formados en los centros de votación. También preocupa que Smartmatic o CANTV, empresas con capital norteamericano que se encargan de las máquinas de votación y de la transmisión de datos, se presten para un fraude electrónico. A pesar de la inquietud y los temores nadie se deja vencer por el miedo. Amas de casa, estudiantes, trabajadores, desempleados, interesados y curiosos. Muchos de los cuales nunca habían votado antes, ahora se involucran con la gente de su barrio, se organizan y se movilizan en defensa del presidente, de la Constitución y de los programas sociales que los han beneficiado.

Desde que Chávez llegó al poder se han multiplicado por toda Venezuela las organizaciones sociales. Contra cualquier pronóstico el pueblo de aquel país se ha levantado para hacer oír su voz, reclamando los espacios que antes le habían negado y participando de manera protagónica en la llamada Revolución Bolivariana. Ningún analista político hubiera atinado a pensar que la democracia formal más estable de la región, donde hasta una ex Miss Universo gobernaba una de las alcaldías más exclusivas de la ciudad, sería sacudida por una revuelta popular que ha recurrido a las urnas y no a las armas para darle la vuelta al país.

Unos días antes del Referendo se conformaron las Unidades de Batalla Electoral (UBEs), que junto con los Comandos Maisanta y las patrullas electorales delinearon varios planes de acción y coordinaron los trabajos en los barrios. Cada UBE realizaría tareas específicas como transportar a la gente a los centros de votación, vigilar que no se intimide a los votantes y evitar a toda costa el fraude y la violencia. Algunos otros se ofrecen para llevar refrigerios, algo que leer, un dominó o una grabadora. En sus ojos hay confianza y determinación. Vargas es un Estado con fuerte presencia chavista y en Caraballeda huele a victoria, pero nadie está dispuesto a que se las arrebaten.

Country Club, Caracas. Entrando a Caracas por el Este, la carretera Petare-Guarenas se abre paso entre los ranchitos de La Bombilla y los edificios de la urbanización Terrazas del Ávila. Los automovilistas que transitan por ahí sólo tienen que mirar a la derecha para observar los gigantescos y lujosos edificios donde habita la clase alta venezolana o a la izquierda para constatar cómo los pobres se apoderaron de los cerros, levantado sobre ellos casas y más casas de ladrillo y cartón. Entre la urbanización y los ranchos no hay un solo puente peatonal pues las únicas personas que cruzan a pie son las empleadas domésticas.  

Por esta misma carretera se llega al distribuidor de Altamira, donde la oposición hizo su cierre de campaña tres días antes del referendo. Ese mismo día los chavistas se reunieron frente al palacio presidencial de Miraflores, en el corazón de Caracas. Desde temprano la gente fue llegando a ambos lugares y a las pocas horas los dos sitios se encontraban a reventar. Fui a ambos actos y no pude sino constatar el poder de convocatoria que tiene Chávez, tanto a favor como en contra, y confirmar también que el presidente no sólo ha conseguido que se organicen y se movilicen los pobres, sino también los ricos y las clases medias. Las diferencias entre ambos grupos son muy notorias y no exagero cuando digo que las más profundas son de tipo social y étnico.

La oposición se reunió en la zona Este de Caracas, la parte bonita de la ciudad, donde se encuentran los centros comerciales más modernos, las oficinas bancarias y las firmas extranjeras. En su mayoría es gente rubia, blanca y educada en escuelas privadas. Son las mujeres Miss Universo, las modelos que se han operado una, dos o tres veces para aumentarse el busto o las nalgas, los hombres que aspiran a tener un buen cuerpo y un sueldo en dólares. Es la gente que puede ir a Miami o que abarrota los malls todos los días a pesar de la crisis. Es también una parte de la clase media que no puede darse los lujos que se daba antes o que le molesta tener un presidente que hable como la gente del pueblo.

Aquella noche visité un lujoso departamento del Country Club, una de las zonas residenciales más exclusivas de Caracas. En el lugar se encontraba gente que fue expulsada de PDVSA, un banquero, un empresario y demás miembros de la clase media que se opone a Chávez. Cada uno narraba su historia y en todas ellas había coincidencias. Criticaban el clima de polarización y de violencia, el autoritarismo y la corrupción, la falta de libertad de expresión, el aumento de la pobreza, el desempleo y la inseguridad. Su gran temor es que Venezuela se cubanice y que Chávez se convierta en el próximo Fidel Castro, pero cuando uno les pregunta qué leyes o medidas de tipo socialista se han impulsado en Venezuela nadie atina a responder. Tampoco se dan nombres de periodistas desaparecidos, de periódicos cerrados o de canales de televisión que hayan salido del aire.

Por la tele Glovobisión y Venevisión mostraban escenas de la concentración opositora y la calificaban como la manifestación más grande en la historia del país. Cuando hablaban del cierre de campaña del oficialismo pasaban escenas de calles vacías. En el canal del Estado sucedía el mismo fenómeno pero a la inversa. Allí sólo se mostraban los mares de gente que se habían dado cita en el centro de Caracas para apoyar al presidente, pero de los opositores casi no se decía nada. Entonces me vino a la cabeza una canción de Alí Primera, bautizado por los venezolanos como el cantor del pueblo, que dice: La verdad de Venezuela, no se ve en el Country Club.

El Paraíso, Caracas. En la sede de la Unión Nacional de Trabajadores (UNT) diversas organizaciones sociales encuentran espacio para discutir, organizarse y actuar. Ahí precisamente se dan cita los medios alternativos de comunicación que han llegado de todas partes del mundo para informar acerca de lo que ocurra en Venezuela. Un auditorio en la sede de la central sindical fue rápidamente convertido en centro de operaciones de la Asociación Nacional de Medios Comunitarios, Libres y Alternativos (ANMCLA). Desde ahí se difundirían las notas que una cuadrilla de reporteros internacionales recogería en la calle. En aquella torre de babel hay españoles, colombianos, puertorriqueños, austriacos, belgas, brasileños, mexicanos, norteamericanos, argentinos, alemanes, canadienses, daneses, etc. Entenderse y ponerse a trabajar no es cosa fácil, vencer el cerco informativo que ejercen los medios privados tampoco.

Durante el golpe de Estado de abril del 2002, los mismos medios que hoy en día critican al gobierno por atentar contra la libertad de expresión callaron cuando el golpista Carmona cerró periódicos oficialistas y sacó del aire a la radio y al canal de televisión del Estado. Esos medios que llamaron a la gente a sumarse a las manifestaciones contra Chávez y que prepararon día a día el clima de linchamiento y polarización de los sectores de oposición, recibieron con los brazos abiertos a un gobierno ilegítimo que había usurpado el poder, secuestrado al presidente electo, destituido al Defensor del Pueblo, disuelto la Asamblea Nacional, el Tribunal de Justicia y la Constitución. Esos mismos medios prestaron su señal para transmitir la rueda de prensa de unos cuantos militares golpistas pero prohibieron a sus reporteros hablar de chavismo y menos aún cubrir las manifestaciones de apoyo al presidente. Desde entonces los medios que se presumen democráticos han vetado a cerca de 500 periodistas y actores que no han acatado la línea editorial que se les impone o que se han manifestado públicamente a favor del presidente. La mañana del doce de abril, después de que Chávez fuera apresado por los golpistas, un presentador de la televisión saludó a su auditorio diciendo: “Buenos días, hoy tenemos nuevo presidente”. Nada se dijo sobre los asesinatos de decenas de chavistas y de las detenciones arbitrarias que tuvieron lugar aquellos días durante la breve dictadura del empresario Pedro Carmona.

Terrazas del Ávila, Caracas.  Me despiertan los cacerolazos y las trompetas. Al fondo gritos de fraude hacen eco entre los edificios. En segundos se corre la noticia y más gente se agrega al ruido. Toda Venezuela despertó cuando el CNE anunció el triunfo de Chávez en la madrugada del lunes 16 de Agosto. Los chavistas celebraban. La oposición no.

Los primeros en descalificar el proceso fueron los canales de televisión. A los pocos minutos la oposición, aglutinada en la Coordinadora Democrática (CD), acusó de un supuesto fraude que aún hoy en día no han podido comprobar. A pesar de que la OEA y el Centro Carter ratificaron el triunfo del presidente y certificaron que el proceso fue limpio, algunos sectores de la oposición salieron a las calles desesperados. Gritaban que Bush y los observadores internacionales los habían abandonado, que los habían traicionado por unos cuantos barriles de petróleo. Al parecer nadie en la oposición estaba al tanto de que, desde antes del referendo, la mayoría de los sondeos de opinión realizados por encuestadoras no venezolanas vaticinaban el triunfo de Chávez con un respaldo del 60% de los electores.

Los medios privados que desde hace tiempo dejaron de ser informadores para convertirse en voceros de una oposición fragmentada, descalificaron el proceso electoral más vigilado y con más alto índice de participación ciudadana de la historia de Venezuela. Desde la radio y los periódicos se hicieron llamados a la desobediencia civil y constantemente los televidentes fueron bombardeados con rumores y pruebas falsas que intentaban demostrar el fraude. Pero esto no sorprende a quienes han seguido de cerca lo que ocurre en el país. La vocación antidemocrática de la oposición ya se había anunciado días antes cuando el analista político Rafael Poleo dijo por televisión: “Sólo vamos a reconocer el triunfo si ganamos”.

Quienes habían hecho un excelente trabajo acosando y manchando la imagen de Chávez en el extranjero, quedaron aislados y en evidencia por negarse a aceptar su derrota y por desconocer a las instituciones democráticas del país, a pesar de que su labor fue avalada por todas las instancias internacionales de observación. Por su parte el presidente se anotó un triunfo más y no dejó pasar la oportunidad para demostrar al mundo que, a pesar de los paros empresariales, los golpes de Estado y las campañas de desprestigio y desinformación, sigue contando con al apoyo de 60% de los electores venezolanos. Una cifra que muchos presidentes envidiarían, incluso en las democracias más sólidas.

Parroquia 23 de Enero, Caracas. La música suena a todo volumen y los cohetones no han dejado de tronar desde la madrugada. Aquí la gente celebra la permanencia del presidente en el poder, la continuación de las misiones médicas, educativas y de trabajo, de las becas y las pensiones, de las radios comunitarias, los periódicos locales, los centros de ayuda, las páginas de Internet del barrio, las cajas de ahorro, los mercados y las asociaciones populares, etc. Aquí en casi todas las casas hay una imagen del presidente junto a una estampa de Simón Bolívar y otra del Ché.

Quienes celebran son gente humilde, algunos son blancos pero en su mayoría son morenos y negros, de esos que los medios de comunicación llaman “feos” y “desdentados”. Es la gente que ha sido alfabetizada o ha podido terminar su carrera gracias a los programas impulsados por el gobierno. Son los estudiantes y profesionistas que quieren regresarle algo a su país, las familias que nunca antes habían contado con un médico en la zona o los viejos que puntualmente reciben el pago de su pensión. Es la clase media que se hartó de la corrupción del pasado. Son los curas, las monjas y los pastores evangélicos comprometidos con su pueblo. Es la izquierda que no teme gobernar y que no tiene vocación de oposición permanente. Es la sociedad que intuye su fuerza, que en su actuar amplía el campo de la política más allá de los canales tradicionales y que se organiza junto a su presidente para conquistar el poder y para mantenerlo por las urnas. Es la gente que cree que la democracia participativa no se practica cada seis años sino todos los días. Y, sin embargo, nadie habla de ellos en los círculos académicos, a pesar de que son ellos los que han impulsado un nuevo tipo de democracia en Venezuela, aumentando la participación social exponencialmente y reduciendo el abstencionismo a niveles históricos. Ellos son la gente en la que no se fijan los analistas internacionales ni los periodistas que no ven el chavismo más allá de Chávez.

El barrio 23 de Enero es uno de los bastiones chavistas más importantes, quizá por eso fue cercado militarmente durante el golpe en el 2002. Pero ni los tanques ni las ametralladoras pudieron doblegar la voluntad de esta gente. Y con el mismo tesón con el que aguantaron las balas aquella vez, en esta ocasión debieron soportar el sol, la lluvia y las gigantescas colas que tuvieron que hacer para votar. Una señora de setenta años me confesó que estuvo formada por más de 8 horas antes de emitir su voto. Ella estaba que no cabía de felicidad porque a su edad aquello era una verdadera proeza. Le pregunté si valía la pena tanta espera y su respuesta me hizo recordar una de las historias de la guerra civil española que me contó mi abuela. Resulta que unos amigos suyos llevaban semanas gestionando la libertad de sus dos hijos presos en alguna ciudad controlada por los falangistas a cientos de kilómetros. Cuando iba a haber elecciones en Eibar, su ciudad natal, los vio de regreso tras cuatro días de camino. Habían vuelto tan sólo para votar y al día siguiente regresarían por sus hijos. No podían darse el lujo de que perdiera la República y cuando mi abuela, a sus trece años, les preguntó si tenía algún sentido venir desde tan lejos para votar, ellos le respondieron lo mismo que me dijo la señora del 23 de Enero: “No podemos permitir que nos ganen por un solo voto”.

Epilogo

México. D. F. El análisis de lo que ocurre en Venezuela no debe remitirnos exclusivamente al territorio venezolano. El fenómeno ha resonado con distinta fuerza en varios lugares, incluido México.

Debido a que gran parte de la izquierda mexicana desconoce lo que está ocurriendo en Venezuela, la derecha se ha dado a la tarea de crear una imagen del chavismo acorde con sus intereses. Es preciso señalar que el estereotipo que hace de Chávez un populista autoritario y antidemocrático ha sido creado por la oposición venezolana, difundido por los medios privados de aquel país, avalado por los Estados Unidos y repetido por la prensa internacional sin una sola pizca de crítica. Dicho estereotipo se sustenta más en el odio político que en el análisis frío, en rumores que en fuentes verificables y promueve la histeria y el rechazo a priori antes que el entendimiento del proceso.

En nuestro país la figura del presidente venezolano ha sido utilizada por el gobierno como arma política para desacreditar a sus adversarios, en específico a quien sigue a la cabeza de las preferencias electorales para el 2006. Esto ha llevado a Fox y a sus analistas predilectos, a sugerir semejanzas entre López Obrador y Chávez. A ver si no les ocurre igual que a la oposición venezolana, que de tanto golpear al adversario terminaron haciéndolo más fuerte.


[1] Chavista celebrando el triunfo del mandatario el día 16 de Agosto afuera del Palacio presidencial de Miraflores.