
Cuba amanece sin Batista en el primer día del año. Mientras el dictador aterriza en Santo Domingo y pide refugio a su colega Trujillo, en La Habana los verdugos huyen, sálvese quien pueda, en estampida.
Earl Smith, embajador norteamericano, comprueba, horrorizado, que las calles han sido invadidas por la chusma y por unos cuantos guerrilleros sucios, peludos, descalzos, igualitos a la pandilla de Dillinger, que bailan guaguancó marcando a tiros el compás.

dice Fidel, que llega en lo alto de un tanque desde la sierra Maestra. Ante un gentío que hierve, explica que es no más que un principio todo esto que parece un final. Mientras habla, las palomas descansan en sus hombros.
Está sin cultivar la mitad de la tierra. Dicen las estadísticas que el año pasado ha sido el más próspero de la historia de Cuba; pero los campesinos, que no saben leer estadisticas ni ninguna otra cosa, no lo han notado para nada. Desde ahora, otro gallo cantará: para que cante, la reforma agraria y la alfabetización son, como en la sierra, las tareas más urgentes. Y antes, la liquidación de este ejército de carniceros. Los más feroces van al paredón. El torturador llamado Rompehuesos se desmaya cada vez que el pelotón apunta. Lo tienen que amarrar a un poste.
[ Discurso
de Fidel el 8 de enero de 1959 ]
[ 17 de abril de 1961 ]
[ Enero | Memoria del Fuego ]
[ Eduardo Galeano ]
Última revisión: 1/01/04