Alguna vez mis manos tañeron la dulce cítara
y mi voz hizo vibrar el viento de la alcoba
para arrullar el sueño de mi amado.
Hoy miro tus ojos implorando que despiertes.
Alzo mi lamento para que tus manos tengan piedad
de este horizonte de ternura que se escapa de mis dedos,
de esta mujer que no tiene
dónde reclinar su cabeza dolorida
porque los hombres temen
la voracidad del fuego que devora sus delirios;
de esta mujer que acecha, temblorosa
la lenta llegada de la noche
para disfrutar del único placer
que los dioses aún custodian para ella:
el de saber que vela cuando duermes
y que tú
lo ignoras.