En las entrañas del monstruo, en una ciudad de los Estados Unidos, hace veintisiete años nació un niño. Su nombre: Benjamín Linder.
Creció como crecen muchos niños norteamericanos, entre pizzas, hamburguesas, zapatos tenis, bicicletas, escuelas, universidades. Pero Benjamín tuvo desde pequeño una extraña costumbre: la de observar las nubes y llamar a cada una por su nombre. En vez de decir simplemente: ésta parece una oveja, aquella un camello, esta otra semeja un perro; Ben decía: esta nube se llama Libertad, aquella se llama Amor; esta otra pequeña, que va creciendo, se llama Justicia, la de más allá se llama Esperanza. El pequeño Ben soplaba, las nubes sonreían y partían a recorrer el mundo.
Cuando Benjamín creció, en la escuela le enseñaron que las nubes tenían otros nombres: cirros, cúmulos... Ben sonreía y guardaba celosamente su secreto.
En una noche de tormenta, descubrió que sus amigas las nubes se ponían oscuras y que de ellas salía algo así como árboles luminosos cuyas ramas cruzaban el cielo y cuyas raíces tocaban a veces la tierra produciendo un estruendo impresionante que hacía temblar la ciudad. Benjamín preguntó a sus hermanos cuál era el nombre de ese árbol luminoso. Ellos dijeron:
—Se llama rayo.
Así descubrió Benjamín la electricidad. Desde entonces, alimentó otro sueño: arrancar los secretos del árbol luminoso, para ponerlo al servicio de la humanidad.
Al llegar a la universidad escogió por eso la carrera de Ingeniería Eléctrica. Cuándo terminó sus estudios, Ben miró nuevamente las nubes, se montó en su amiga la Esperanza, y le pidió que lo llevara al país más bello del planeta.
La Esperanza le contó de un país pequeño, en donde tenía muchos amigos. El joven pidió que lo llevara a ese lugar, pero la Esperanza le advirtió:
—Allí se sufre mucho, Ben. La gente pasa dificultades; carecen de muchas cosas, y lo que es peor, cada día son asesinados jóvenes, mujeres y hasta niños inocentes.
—¿Por qué los matan? —Preguntó Ben.
—Porque me aman —respondió la Esperanza.
—¿Y eso es malo? —preguntó el joven ingeniero.
—No es malo, Ben —contestó la Esperanza—. Pero hay gente que no soporta la alegría, gente para quien la Esperanza es una ofensa y la Dignidad un delito que hay que castigar.
—Pero yo te amo, Esperanza —agregó Ben—. De todas las nubes que he amado desde la infancia, vos has sido siempre la más querida de mi corazón. Quiero que me lleves a ese país de lagos, volcanes, flores y alegría.
Una mañana, Ben aterrizó en un pequeño triángulo de tierra llamado Nicaragua.
Descubrió que en ese país, su amiga la nube era más grande, pues de cada persona brotaba un pedacito de Esperanza. Por eso, Ben se sentía feliz. Solía vestirse de payaso para jugar con los niños del barrio. Iba a las zonas de mayor peligro, conversaba con el rayo, con el agua, con los cables de alta tensión y llevaba el milagro de la electricidad a la gente más humilde. Su amiga la Esperanza era también feliz. Se disfrazaba ella misma de payaso para jugar con los niños y con Ben.
Un día, mientras Benjamín estaba sentado muy cerca de un arroyo, haciendo cuentas en su cuaderno para ver cómo podría producir electricidad con las aguas que corrían a su lado, una bala estalló en su cuerpo y lo mató.
El cuerpo de Benjamín fue sepultado en Nicaragua, en el vientre de la Esperanza, para iluminar al mundo.
La nube que él amó desde la infancia se puso muy triste y unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Los rayos del sol formaron un arcoiris con las lágrimas que cayeron de la nube. El arcoiris se llama Ben, y desde entonces acompaña siempre a la Esperanza.
Publicado originalmente en Barricada el domingo 3 de mayo de 1987.