Agoté los recursos del gineceo. ¡Oh Paris! ¿Dónde estás?
Según cuentan los clásicos —y hay quienes creen que los clásicos no mienten— Helena era una mujer de una belleza zoológica, amenazante, cuya extraordinaria cabellera sembraba el pánico entre sus múltiples pretendientes, condenados a desearla con fervor.
El padre de Helena, consciente de la gravedad de las circunstancias, contraviniendo las costumbres de la época, no quiso asumir la responsabilidad de ser él quién eligiera el esposo de su hija, y en un alarde de astucia, declaró que dejaría a Helena en libertad de escoger marido entre los príncipes de la Hélade.
Tíndaro convocó a los pretendientes, y antes de que la hija anunciara su temida decisión, celebró una hecatombe, para aplacar la ira de los dioses y el temor de los hombres. Reunió a los pretendientes, y ante el altar de los sacrificios, irritados los ojos por el humo que salía de los cuerpos de las bestias ofrecidas a los dioses, hizo que los príncipes pretendientes juraran solidaridad eterna hacia aquél a quien Helena escogiera por esposo. Sobrecogidos por el espanto del amor, los príncipes prestaron juramento. Hecho esto, Helena, radiante, escogió por esposo a Menelao, varón de singular belleza a quien había amado desde el vientre profundo de su madre.
Celebradas las nupcias, Helena partió con el esposo. Pero una vez que Menelao poseyó a Helena y se hubo acostumbrado a la belleza de su cuerpo y al furor de su ingenio, fue dedicando cada vez más tiempo a administrar su imperio, y Helena, poco a poco, se fue convirtiendo en uno de los tantos bienes poseídos y olvidados por el rey.
Entristecida y marchita, Helena agotó infructuosamente los secretos del gineceo. De nada valieron los bálsamos del Líbano perfumando sus cabellos, ni los ungüentos de países lejanos acentuando la tersura de sus pechos y la voracidad del vientre. De nada valieron los lamentos y el silencio. Menelao, inconmovible, seguía administrando su imperio.
Rendida por la tristeza del desamor, Helena, como último recurso, decidió partir a Troya en el carro de Paris, el hermoso y tierno arquero que cada mañana le enviaba un dulce ramo de heliotropos.
Menelao hizo entonces la guerra. Los príncipes de la Hélade, fieles al juramento que una vez hicieran ante el altar de los dioses, juntaron sus ejércitos, hincharon las velas de sus naves, y partieron a Troya.
Larga fue la guerra, y cruel. Helena, sin embargo, disfrutaba del amor desesperado del esposo que sitiaba por ella la ciudad.
Cuando Helena vio salir a Menelao del ridículo vientre de un caballo de palo —único recurso del perverso Odiseo para tomar la heroica Troya— sintió derrumbarse los muros de su rencor y desengaño, y estrechó gozosa el cuerpo del esposo.
Las naves hincharon nuevamente sus velas para dejar las sangrientas arenas de Troya. Helena fue la gran vencedora y la gran vencida de esa guerra: vencedora, porque recuperó al esposo, a quien había amado desde el vientre profundo de su madre; vencida, porque así que Menelao tuvo a Helena en su palacio, se habituó nuevamente a la belleza de su cuerpo y al furor de su ingenio, y se dedicaba, inexorable, a administrar su imperio.
Helena, entristecida y marchita, agotó por segunda vez los recursos del gineceo y partió hacia Troya en el carro del bello Paris, que cada mañana le enviaba un dulce ramo de heliotropos. Menelao hizo la guerra, recuperó a Helena, la llevó a palacio y se dedicó nuevamente a administrar su imperio. Nadie sabe, por eso, cuántas veces ha desatado Helena la guerra de Troya, y cuántas Troyas han sucumbido a los ardides del amor y el desencanto.
La historia se complica cuando, en pleno siglo XX, Helena se dedica ella también a administrar el imperio.
Inesperadamente, para bien y para mal, Helena descubre que Paris es el mismo Menelao, a quién ella amó desde el vientre profundo de su madre.