
A Ricardo García, en memoria
Volumen I
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Volumen II |
Desde el día que me alumbra
hijo me llama la muerte
y así repite mi suerte
entre penumbra y penumbra.
Pero la luz me deslumbra
y siento afán de guardarla
verle nacer y sembrarla
para que nazcan ventanas
y salgo a fundar mañanas
pese a la muerte y su charla.
La muerte ronda conmigo
hasta muy tarde en la noche
yo voy a pie y ella en coche
silenciosa, de testigo.
Sabe que soy su enemigo
su hijo desobediente
por eso silba entre dientes
una tonada de aviso
y yo aún sin permiso
sueño más resplandeciente.
La muerte madre y consejo
rompe afilar la guadaña
me alza la voz, me regaña
porque no espero a ser viejo.
Traspasando su entrecejo
llego al fondo del secreto
y con crecido respeto
veo como se deslizan
dos lágrimas por las lisas
mejillas de su esqueleto.
Iba silbando mi trino
por una calle cualquiera
cuando a un lado del camino
me encontré con la escalera.
Era una escala sencilla
de rústico enmaderado
desde la calle amarilla
hasta el rojo de un tejado.
¿Qué se verá desde el techo?
dijo la voz de un extraño
y sin meditar el trecho
le puse afán al peldaño.
La brisa me acompañaba
en el ascenso del alma
y mi camisa volaba
junto al sinsonte y la palma.
Mientras más ganaba altura
la calle me parecía
más pequeña, menos dura
como de juguetería.
Y sucedió de repente
que después de alimentarme
con la visión diferente
sólo quedaba bajarme.
Dejé la altura en su calma
dejé el cielo en su horizonte
siguió batiendo la palma
siguió volando el sinsonte.
Me encontré con la escalera
cuando a un lado del camino
por una calle cualquiera
iba silbando mi trino.
Un viejo y un niño desnudos se ven
jugando en la arena, lamida de mar
el viejo es muy viejo, su barba es azul
el niño es muy niño, su risas esta intacta aún
y juegan al mundo, la historia, la vida común.
Y allí se destrozan, se besan, se van
con viejas costumbres que a diario se van
y un pájaro pasa y se pone a llorar
y el viejo y el niño le caen a pedradas los dos
pues ha interrumpido su rito sagrado de amor.
Un pájaro cuelga del hueco del cielo
un pájaro blanco en estado de celo
un pájaro ha dicho que ha visto vivir
un pájaro puede si quiere ponerse a llorar
pero ¿quién ha visto que un pájaro tenga que hablar?
¿Quién sabe de un agua que cubre el dolor?
¿quién sabe de un sitio que guarde el amor?
¿quién sabe una historia que sepa mejor?
¿quién sabe de un viejo y un niño jugando en el mar?
¿y de un pajaro blanco que se le ha olvidado volar?
Donde quiera me encuentro un papel de Mariko-San.
Donde quiera descubro un recado, un guiño de ojo.
Ando en una gaveta, abro un libro
registro un bolsillo, levanto un mantel.
Donde quiera me encuentro un papel de Mariko-San.
El verano llegó desde ayer no quiso esperar.
Mete leña en su horno de sietemesino y ahoga.
El verano a pesar de las cosas
que pese al verano se deben hacer.
El verano llegó desde ayer no quiso esperar.
Hoy debiera contar hasta cien y luego soñar.
Hoy debiera volver del océano y ser bienvenido.
Hoy debiera andar sin zapatos,
casarme de pronto sin saber con quién.
Hoy debiera contar hasta cien y luego soñar.
Con polvo del Arauco
con piedra del Azteca
con sangre del esclavo
es la resurrección.
Que enciende mariposas
y las arroja al viento
que da al volcán su coca
y al trueno su canción.
El sol ha sido izado
por sus primeros sueños
que aullan despertando
por la convocación.
El polvo con el polvo
la piedra con la piedra
se juntan como rostros
y surge la ciudad.
La antigua cordillera
dibuja el sortilegio
y al viento va afilando
cantando libertad.
Retornan los guerreros
al grito de la tierra
de nuevo la leyenda
se hace realidad.
El polvo sin mentiras
de piedras con entrañas
sabiendo que la vida
es dura como es.
Los muertos no equivocan
su cita con el alba
los muertos tienen bocas
y corazón y pies.
Los muertos han llegado
el tiempo los convoca
los muertos son estrellas
que no tienen revés.
Dice que se empina y que no alcanza
que sólo ha llegado hasta el dolor
dice que ha perdido la buena esperanza
y se refugia en la piedad de la ilusión.
Sé de las entrañas de su queja
porque padecí la decepción
fue una noche larga que el tiempo despeja
mientras suena en mi memoria esta canción:
Venga la esperanza, venga sola a mí
lárguese la escarcha, vuele el colibrí
hínchese la vela, ruja el motor
que sin esperanza ¿dónde va el amor?
Cuando niño yo saque la cuenta
de mi edad por el año dos mil
El dos mil sonaba como puerta abierta
a maravillas que silbaba el porvenir.
Pero ahora que se acerca saco en cuenta
que de nuevo tengo que esperar
que las maravillas vendrán algo lentas
porque el mundo tiene aún muy corta edad.
Venga la esperanza, pase por aquí
venga de cuarenta, venga de dos mil
venga la esperanza, de cualquier color
verde, roja o negra, pero con amor.
El regreso a Chile me ha resultado, en cierto modo, similar al viaje que hice a Angola cuando se defendía de sus invasores, hace catorce años. Para llegar a Angola, en febrero del 76, me estuve preparando física y mentalmente desde noviembre del año anterior. Estuve allá hasta julio, me volví a Cuba y luego, en noviembre, regrese al país africano hasta enero del 77. Por eso, en mi cabeza, siempre he nombrado a 1976 como el año angolano. Supongo que más adelante llamaré a 1990 como el año chileno, ya que desde finales del 89, cuando me pareció inminente el viaje, Chile comenzo a capitanear mi trabajo, y hoy, terminando septiembre, veo que aún no deja de hacerlo.
Es obvio que tenía muchos deseos de volver. Creo que hubiera vuelto antes, bajo cualquier cicunstancia, por razones que durante 17 años fueron creciendo en mi corazón y en mi consciencia. Pero esa es una historia demasiado larga para la tapa de un disco, así que hablaré de lo que atañe más inmediatamente de este trabajo.
Debo dar gracias, de forma fundamental, al pueblo chileno que escuchó, recordó e incluso usó como herramienta mis canciones. Y cuando pienso en pueblo primero veo a los que más han hecho por su Patria con su honrado trabajo, con su entrega y con su sangre. Sin ellos el reencuentro en marzo no hubiera sido, como tampoco tantas otras cosas. Por eso aquella noche, puntualmente, Víctor Jara se nos apareció.
La idea de grabar el concierto, y la gestión, se deben a Ricardo García, quien tuvo una larga trayectoria de afecto y compromiso con la canción Chilena y Latinoamericana. Podría decirse que este disco fue uno de sus últimos proyectos, quizá su último sueño, y me hace bien honrar su memoria dedicándoselo.
Sólo me resta agradecer al gran Chucho Valdés, tan bien armado de sensibilidad como de manos, y a su formidable Irakere, el épico trabajo que hizo posible, en menos de un mes, las virtudes musicales que aquí pueden escuchar. Y a mi entrañable y admirada Isabel Parra, y a su grupo, por haber juntado una vez más, la voz de Chile con esta voz de Cuba.

México, D.F. septiembre de 1990.
Grabado en directo en el Estadio Nacional de Chile, el 31 de
marzo de 1990, ante 80000 personas.
Mezclado en los meses de junio y septiembre de 1990, en los estudios Polygram.
México, D.F.
Grabación y sonido: Miguel Ángel Bárzaga
Mezclas: Francisco y Fernando Roldán
Arreglos: Chucho Valdés, Oriente López, Oscarito, Diego Valdés, Frank Fernández,
Hilario Durán y Silvio Rodríguez
Dirección Musical: Chucho Valdez
Coordinación: Tomás Márquez
Producción: Silvio Rodríguez y Ricardo García
Fotos de portada: SRD
Modelo: Claudia Ramos C.
Dirección General: Silvio Rodríguez
Patria Grande : Cuba : Silvio Rodríguez
ComentariosÚltima revisión: 9/04/03