Ernesto Che Guevara / Pasajes de la guerra revolucionaria
Todo el mes de junio de 1957 transcurrió en la curación de los compañeros heridos durante el ataque a Uvero y organizando la pequeña tropa con que habríamos de incorporarnos a la columna de Fidel.
Los contactos con el exterior se hacían a través del mayoral David, cuyos consejos y oportunas indicaciones, además del alimento conseguido, alivió mucho nuestra situación. En aquellos primeros días no pudimos contar con la inapreciable ayuda de Pancho Tamayo, el mismo que muriera después asesinado a manos de los Beatón en años de postguerra. Pancho Tamayo, viejo campesino de la zona, entró después en contacto con nosotros y también sirvió de punto de contacto.
Empezaron a mostrarse algunas manifestaciones de falta de moral revolucionaria en Sinecio, quien se emborrachó con el dinero del Movimiento y cometió infidencias en estado de embriaguez, al mismo tiempo, no cumplía las órdenes impartidas y, en una de sus andadas, nos trajo once compañeros totalmente desarmados. Se trataba de impedir el alistamiento de compañeros sin armas, pero la incorporación de gentes a la joven guerrilla se hacía por todos los medios y en todas las condiciones y los campesinos, conocedores de nuestra ubicación, nos llevaban nuevos compañeros que anhelaban ser alistados. Por la pequeña columna formada pasaron no menos de cuarenta personas, pero también las deserciones eran continuas, a veces con nuestra anuencia, otras contra nuestra voluntad, y nunca pasó la tropilla de veinticinco a treinta hombres efectivos.
En aquellos días se había agravado algo mi asma y la falta de medicina me obligó a una inmovilidad similar a la de los heridos; pude mitigar la enfermedad fumando la hoja seca de clarín, que es el remedio de la Sierra, hasta que llegaron los medicamentos de la civilización y pude estar también en condiciones óptimas para la partida, pero ésta se demoraba uno y otro día; al fin, organizamos una patrulla para ir a buscar todas las armas que habían quedado botadas por inservibles, luego del ataque de Uvero, con el fin de incorporarlas a la guerrilla.
En las nuevas condiciones, todos aquellos fusiles viejos, con defectos más o menos graves, incluida una ametralladora calibre 30, sin aguja, eran tesoros potenciales e invertimos una noche completa en buscarlos. Finalmente fijamos nuestra partida para el día 24 de junio; en esa época constituíamos un ejército de estas características: cinco heridos reponiéndose, cinco acompañantes, diez incorporados de Bayamo, dos incorporados recientes, «por la libre», y cuatro de la zona; en total veintiséis. La marcha se organizó con Vilo Acuña a la vanguardia, luego, lo que podía ser la comandancia, dirigida por mí, ya que Almeida tenía demasiado trabajo con caminar, pues se estaba reponiendo de la herida en el muslo, y después otras dos pequeñas escuadras dirigidas por Maceo y Peña.
Peña tenía el grado de teniente en aquella época. Maceo y Vilo eran soldados y la mayor graduación la tenía Almeida, que era capitán. No salimos el día 24 porque se fueron juntando pequeños inconvenientes; a veces se anunciaba que llegaba alguno de los guías con un nuevo incorporado y había que esperarlo, otra, un nuevo cargamento de medicamentos y alimentos; Tamayo, el viejo, constantemente iba y venía trayendo noticias y carga, alimentos enlatados, vestuario. En un momento dado tuvimos que buscar una cueva para dejar algunos alimentos, debido a que por fin habían cristalizado los contactos con Santiago y David nos había traído un cargamento bastante serio que era imposible transportar, dadas las condiciones de marcha de nuestra tropa de convalecientes y bisoños reclutas.
El día 26 de junio debuté como odontólogo, aunque en la Sierra me daban el más modesto título de «sacamuelas»; mi primera víctima fue Israel Pardo, el hoy capitán del ejército, que salió bastante bien parado. La segunda, Joel lglesias, a quien faltó solamente ponerle un cartucho de dinamita en el colmillo para sacárselo, pero que llegó al final de la guerra con él puesto, pues mis esfuerzos fueron infructuosos. Se sumaba a mi poca pericia la falta de «carpules», de tal manera que había que ahorrar mucho la anestesia y usaba bastante la «anestesia psicológica», llamando a la gente con epítetos duros cuando se quejaban demasiado por los trabajos en su boca.
Con sólo el amago de marcha, algunos daban muestras de su poca decisión y se iban, pero otros nuevos los reemplazaban. Tamayo nos trajo un nuevo grupo de cuatro hombres; estaba entre ellos Félix Mendoza, que venía con un fusil y nos explicó cómo una tropa del ejército había sorprendido a él y a su compañero; mientras el otro había sido detenido, él se tiró por unos farallones y salió corriendo sin que el ejército le hiciera nada. Después nos enteramos que «el ejército» era una patrulla dirigida por Lalo Sardiñas, que se había encontrado con el compañero, y que éste estaba ya en la tropa de Fidel. También se incorporó Evelio Saborit, hoy comandante del Ejército Rebelde.
Con la incorporación de Félix Mendoza y su grupo alcanzamos a treinta y seis hombres, pero al día siguiente se iban tres, luego se incorporaban otros al grupo y teníamos 35. Sin embargo, al empezar la marcha volvía a bajar. Estábamos subiendo las cuestas de Peladero, en jornadas de muy corto alcance.
La radio nos informaba de un panorama de violencia en toda la Isla. El primero de julio escuchábamos la noticia de la muerte de Josué País, hermano de Frank, con otros compañeros más en medio de la batalla continua que se libraba en Santiago. A pesar de las cortas jornadas nuestras tropas se sentían abatidas y algunos de los nuevos incorporados pedían retirarse para «cumplir misiones más útiles en la ciudad». Pasamos, en el descenso de la loma de la Botella, por la casa de Benito Mora, quien nos agasajó en su humilde vivienda, que está como colgada en los riscos de esta parte de la Sierra; un poco antes de llegar, convoqué a la pequeña tropa, diciéndole que se avecinaban momentos de mucho peligro, que había un ejército cerca, que probablemente debiéramos pasar días y días sin comer casi, caminando jornadas enteras y el que no se sintiera capaz, lo avisara; algunos tuvieron el pudor de manifestar sus temores e irse, pero hubo uno de nombre Chicho, que aseguró a nombre de un grupo que ellos seguirían hasta la muerte, con un acento de convicción y decisión extraordinarias. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando, después de pasar la casa de Benito Mora y al acampar en un pequeño arroyo para pasar la noche, ese mismo grupo nos comunicaba su deseo de abandonar la guerrilla. Accedimos a ello y bautizamos jocosamente ese lugar como el «arroyo de la muerte», pues hasta allí había durado la tremenda determinación de Chicho y sus compañeros. Ese nombre le quedó al hilo de agua hasta nuestra salida de la Sierra.
Quedábamos veintiocho hombres, pero al salir al día siguiente, se incorporaban dos nuevos reclutas, ex militares, que venían a luchar por la libertad a la Sierra. Eran Gilberto Capote y Nicolás. Los traía Arístides Guerra, otro de los contactos de la región que luego fue un inestimable valor de nuestra columna y a quien llamábamos el «Rey del Condumio». El «Rey del Condumio» prestó, en todo momento de la guerra, servicios enormes y muchas veces más peligrosos que el de luchar contra el enemigo, trasladando tropas de mulos desde la zona de Bayamo hasta nuestra zona de operaciones.
Mientras íbamos caminando las cortas jornadas tratábamos de que los reclutas se fueran familiarizando con el tiro. Pusimos a los dos ex militares para que enseñaran algunas nociones de fusil, de arme y desarme y del tiro en seco, con tan mala suerte, que apenas empezadas las lecciones se le escapó un tiro a uno de los instructores; tuvimos que quitarlo de ese cargo y lo mirábamos con sospecha, aunque su cara de consternación era tal que hubiera sido necesaria una gran dosis de poder de simulación para no sentirla realmente. Los dos ex militares no pudieron aguantar la marcha y salieron de nuevo con Arístides, pero Gilberto Capote volvió con nosotros, muriendo heroicamente en Pino del Agua con el grado de teniente.
Dejamos el lugar donde estábamos acampados, la casa de Polo Torres, en la Mesa, que fuera después uno de nuestros centros de operaciones, y caminando, dirigidos ahora por un campesino llamado Tuto Almeida. Nuestra misión era alcanzar la Nevada y después llegar a donde estaba Fidel, cruzando por la vertiente norte del Turquino. Ibamos caminando en esa dirección, cuando vimos a lo lejos dos campesinos que, al acercarnos, trataron de huir y hubo que correr para detenerlos: resultaron ser dos muchachas negras de apellido Moya, adventistas de religión que, aún cuando estaban contra toda clase de violencia en razón de sus creencias, nos dieron su apoyo franco en aquel momento y durante todo el transcurso de la guerra.
Reparamos nuestras fuerzas y comimos allí magníficamente, pero al ir a pasar por Mar Verde (había que tomar Mar Verde para pasar a la Nevada), nos enteramos que había tropas del ejército en toda esa zona. Tras una corta deliberación de nuestro estadillo mayor y las guías, decidimos retroceder y cruzar directamente por el Turquino, camino más escabroso pero también menos peligroso en estas circunstancias.
En nuestro pequeño radio de transistores, captábamos noticias inquietantes; se decía que había grandes combates en la zona de Estrada Palma y que estaba Raúl muy mal herido. (Ahora, con el tiempo, no sé precisar si fue la radio nuestra o «radio bemba» la que dio tal noticia.) Nosotros no sabíamos si dar crédito o no a informaciones de cuya falsedad sabíamos por experiencias anteriores, pero tratábamos de apurar la marcha en la medida de nuestras posibilidades para llegar a donde estaba Fidel. Emprendimos camino de noche y pernoctamos en la casa de un solitario campesino llamado el Vizcaíno, por su origen, ya en las faldas del Turquino. El Vizcaíno vivía totalmente solo en un pequeño bohío y sus únicos amigos eran unos libros marxistas, cuidadosamente guardados en una cueva (en un pequeño agujero debajo de una piedra) lejos de su bohío. Manifestó con orgullo su militancia marxista, que muy poca gente en la zona conocía. El Vizcaíno nos mostró el camino para seguir y continuamos nuestra lenta marcha. Sinecio se iba separando de su centro de operaciones y para su alma simple de campesino un poco al margen de la ley, aquella situación se volvía angustiosa. Un buen día, en un alto en el camino, mientras estaba de guardia un recluta llamado Cuervo, al que se le había dado un fusil Remington por su buena disposición, Sinecio Torres se le unió a la posta con otro fusil; cuando me enteré de eso, aproximadamente después de media hora, fui a buscarlos, pues no tenía mucha confianza en Sinecio y los fusiles eran algo preciso en ese momento; pero ya ambos habían desertado. Banderas e Israel Pardo fueron tras sus huellas conscientes de que los prófugos estaban armados con armas largas y ellos apenas con revólveres; no se dio con los desertores en aquella oportunidad.
Era muy difícil mantener la moral de la tropa, sin armas, sin el contacto directo con el Jefe de la Revolución, caminando prácticamente a tientas, sin ninguna experiencia, rodeados de enemigos que se agigantaban en la mente y en los cuentos de los guajiros; la poca disposición de los nuevos incorporados que provenían de las zonas del llano y no estaban habituados a las mil dificultades de los caminos serranos, iba provocando crisis continuas en el espíritu de la guerrilla. Hubo un intento de fuga que estaba encabezado por un individuo llamado El Mexicano, que llegó a tener el grado de capitán y hoy está en Miami, como traidor a la Revolución.
Me enteré por la denuncia del compañero Hermes Leyva, primo de Joel Iglesias, y llamé a un careo para resolver este problema. El Mexicano juró por todos sus antepasados que aún cuando él había pensado en separarse, no lo hacía con el intento de desertar de la lucha sino para tener una guerrillita que asaltara y matara los chivatos, pues había muy poca acción en nuestras fuerzas; en realidad, lo que pensaba hacer era dedicarse a matar chivatos pero para quitarles el dinero; una típica acción bandidesca. En un combate posterior, en El Hombrito, Hermes fue la única baja que tuvimos y quedó la sospecha de que El Mexicano hubiera podido ser el autor material de ese hecho, ya que había sido denunciado por Hermes Leyva. Sin embargo, nunca pude llegar a una convicción total de este asunto.
El Mexicano continuó en la columna, dando su palabra de hombre y de revolucionario, &c., &c., de que no se iría ni intentaría la fuga, ni incitaría a nadie a ello. Después de pesadas y cortas jornadas, llegamos a la zona de Palma Mocha, ya sobre la vertiente oeste del Turquino, en la zona de las Cuevas, donde nos recibieron muy bien los guajiros y establecimos un contacto directo desde mi nueva profesión de «sacamuelas», que ejercía con todo entusiasmo.
Comimos y reparamos fuerzas para seguir rápidamente hasta la zona de viejos conocidos de Palma Mocha y el Infierno, a donde llegamos el día quince de junio. Allí nos informó Emilio Cabrera, un campesino del lugar, que Lalo Sardiñas estaba acampado en una emboscada cercana con su tropa y me dio las quejas porque ponía en peligro a su casa desde el lugar donde estaba, en caso de atacar una patrulla enemiga.
El día 16 de junio se efectuó el encuentro entre la pequeña columna nueva y un pelotón de la columna de Fidel dirigido por Lalo Sardiñas; nos contó éste cómo se había visto obligado a ingresar a la Revolución, ya que era un comerciante que se ocupaba de traernos víveres de las zonas llanas, pero fue sorprendido y debió matar a un individuo, por lo que tomó el camino de la guerrilla. Lalo había recibido instrucciones de esperar allí el avance de las columnas de Sánchez Mosquera. Nos enteramos que una vez más, el obstinado Sánchez Mosquera había penetrado por las regiones del río Palma Mocha y que casi fue cercado por la columna de Fidel, pero logró eludir el cerco pasando el Turquino a marchas forzadas y cayendo del otro lado de este macizo.
Nosotros habíamos tenido algunas noticias de las cercanías de tropas pues, unos días antes, al llegar a un bohío, vimos las trincheras que hasta el día anterior habían tenido los soldados, pero no sospechábamos que, lo que aparentemente era la prueba de una sostenida ofensiva contra nosotros en realidad eran las señales de una huida de la columna represora, lo que marcaba un cambio total de calidad en las operaciones en la Sierra. Ya teníamos la suficiente fuerza para cercar y obligar a huir, bajo amenaza de aniquilamiento, a las columnas del ejército enemigo.
Entendieron muy bien esta lección y no hacían sino incursiones esporádicas por la Sierra, pero uno de los más tenaces, agresivos y sanguinarios jefes del ejército enemigo fue Sánchez Mosquera, que ascendió desde simple teniente en el año 57 hasta coronel, grado con el que se le premió después de la derrota final en las batallas de la ofensiva general del ejército, en junio del año siguiente. Su carrera fue meteórica en cuanto a grados y fructífera en cuanto a recopilación de toda clase de enseres de los campesinos a los que robaba inmisericordemente cada vez que penetraba con sus tropas por los laberintos de la Sierra Maestra.
Ernesto Che Guevara / Pasajes de la guerra revolucionaria